El fin, el medio, y los niños

29/Sep/2025

Semanario Voces- por Nicolás Martínez

Una marcha pro-Palestina, legítima en tanto expresión política, se transformó en un gesto inquietante cuando niños fueron los que recibieron de frente la carga simbólica del conflicto. ¿Qué límite estamos dispuestos a cruzar en nombre de una causa?

¿Qué significa realmente proteger a la infancia? ¿Es posible hablar de justicia cuando los más frágiles son expuestos como si fuesen piezas en un tablero político? ¿Qué nos ocurre como sociedad cuando dejamos que la imagen de un niño se convierta en arma arrojadiza? Una nueva canción de Jorge Drexler “El fin y el medio” llegó para abrazarnos y desarmarnos con versos y afirmaciones sencillas y profundas: “Un refugiado es un refugiado / Un niño es un niño / Y el miedo es el miedo”. Son palabras que reclaman reconocimiento, humanidad, más allá de bandos, de ideologías, de mensajes de guerra. Y subrayan que: “No hay un solo fin que justifique cualquier medio”. El episodio reciente frente a la Escuela Integral Hebreo Uruguaya nos enfrenta con estas preguntas. Una marcha pro-Palestina, legítima en tanto expresión política, se transformó en un gesto inquietante cuando niños fueron los que recibieron de frente la carga simbólica del conflicto. ¿Qué límite estamos dispuestos a cruzar en nombre de una causa? ¿Qué pasa cuando se trasciende el terreno de la empatía y se entra al de la vulneración de la dignidad humana?

La canción afirma que “no hay un solo fin que justifique cualquier medio”. Kant diría que los seres humanos no deben ser usados como medio para un fin, sino siempre como fin en sí mismos. Implica que algunas acciones, incluso si persiguen fines que muchos pueden considerar justos, dejan de serlo si se utilizan medios que dañan inocentes. Y, sin embargo, cuando un menor se convierte en receptor de consignas que no comprende, en blanco de una hostilidad que no eligió, ¿no estamos reduciéndolo justamente a eso, a un medio? Cuando adultos trasladan conflictos geopolíticos a los cuerpos de niños —cuando los hacen víctimas visibles, testigos forzados, participantes involuntarios—, se vulnera ese principio. El medio deja de ser lícito. La paradoja es evidente en el sentido de que, quienes dicen alzar la voz por la vida, por la dignidad, por la justicia de un pueblo, ¿qué hacen cuando dejan de ver al otro como un ser humano concreto y ven en él solo un símbolo? ¿Acaso un niño puede ser israelí, palestino, judío o musulmán antes que niño? ¿No es su fragilidad la que debería unirnos, más allá de credos, banderas o fronteras?

La canción también insiste en que: “No hay tuyos, ni suyos, ni míos / Si son niños son nuestros / (Todos los niños son nuestros)”. Hay algo ahí de alteridad radical en el sentido de que los niños no pertenecen a un grupo concreto; pertenecen a la humanidad. Cuando un niño sufre, lo hace desde su vulnerabilidad, sin haber elegido su identidad política, religiosa o nacional. En la marcha frente al colegio, los menores están ahí por hechos de su identidad religiosa y cultural, no por elección ni participación en debates de Estado. Esos niños, como señala Drexler, merecen ser tratados como tales, sujetos de derechos, no como instrumentos simbólicos de protesta. No se trata de desconocer la legitimidad de criticar las políticas del Estado de Israel, del rechazo a bombardeos, del sufrimiento en Gaza. El debate político es necesario, saludable, urgente. Pero no todo lo que se puede decir se puede hacer, más aún si la forma lastima otros derechos. Estigmatizar por una identidad religiosa, es vulnerar su derecho a una infancia segura.

Pero hay algo más inquietante y es que nuestro país carga con una sombra persistente, la del antisemitismo, que según una encuesta reciente de la Liga Antidifamación halló que 34% de los adultos uruguayos tiene creencias antisemitas significativas. Cuando los discursos antisemitas o las manifestaciones de hostigamiento se normalizan —cuando se las justifica en nombre de otro fin—, se corre el riesgo de que el daño deje de ser reconocido como tal, y que la sociedad pierda su umbral de lo que es aceptable. La ética exige estar alerta, denunciar, frenar. No basta con estar en desacuerdo con lo que hace un Estado; hay que cuidar la convivencia, la dignidad del otro, sin importar su origen. ¿No será entonces que episodios como este revelan algo más profundo, algo que trasciende la coyuntura del Medio Oriente y habla de nosotros mismos? ¿No será que el fanatismo encuentra en la infancia su terreno más fácil para mostrar su rostro, porque allí donde más deberíamos proteger, más fácil resulta vulnerar? El fanatismo empieza cuando se borra la diferencia entre adversario y enemigo, entre crítica y odio, entre acción política y agresión simbólica. Y la razón comienza a extinguirse cuando dejamos de preguntar por los límites, cuando naturalizamos lo inaceptable.

La actitud filosófica invita siempre a la reflexión, a la autocrítica. El fanatismo suele prosperar cuando se reduce al otro a una caricatura, a un enemigo. Cuando se deja de ver al otro como humano con su vulnerabilidad, su historia, sus derechos. La educación juega un rol clave: enseñar empatía, historia, pluralidad, criterios. Enseñar no solo “qué piensa tal lado”, sino también “qué implica para aquellos que no comparten ese lado”. Enseñar los límites éticos incluso en lo emocional, en lo simbólico. El fin y el medio no sólo es poesía hecha canción, es un llamado ético. Nos obliga a preguntarnos qué medios estamos dispuestos a usar en nombre de qué fines. ¿Estamos dispuestos a que los niños sean parte central de la manifestación, no por su voz, sino por su identidad, sin protección? ¿Estamos dispuestos a normalizar la estigmatización de comunidades enteras porque se las identifica con un Estado? La democracia y la justicia no se logran sólo reivindicando fines (“libertad”, “justicia para Palestina”), sino cuidando los medios: el respeto, la dignidad, la infancia, la verdad. No hay causa noble que legitime dañar niños, por acción u omisión. ¿Hasta dónde debería llegar la razón? Esa es la pregunta que nos deja esta columna. Y quizás la única respuesta posible, la más básica, sea también la más difícil de sostener en la práctica: con los niños, no. Nunc.